El día que descubrí que era dueño de un pedazo de montaña (y por qué aún no tengo mi cabaña).

En pleno 2020, mientras el mundo entero estaba bajo llave por voluntad mundial, algunos decidimos que el encierro se pasaba mejor lejos del asfalto. Así que, semana sí y semana no, nos íbamos a trancar al campo. Para fines prácticos, si ponías en una balanza la ciudad, el campo y un cementerio en esos días, te aseguro que en este último había muchísima más actividad.

Esas escapadas me dieron la oportunidad de explorar zonas que quizás visité cuando era un niño, pero de las que ya de adulto no guardaba memoria. El campo de mi familia materna siempre ha sido mi segundo hogar... o el primero. De hecho, cuando la gente me pregunta de dónde soy, siempre digo con orgullo que soy de allá, aunque la fría realidad diga que nací en una clínica en la Gómez con Independencia.

Un oasis helado en medio del Caribe

Allá arriba el clima es otra cosa: perfecto. Un frío de nevera que se siente como un oasis helado en medio del Caribe, de ese que te obliga a andar en abrigos, a dormir arropado con tres frazadas y a saltarte, de vez en cuando y de forma estratégica, la hora del baño.

Llegar no es para cardíacos. Es un valle atrapado entre montañas, con carreteras al borde de precipicios que convierten cada trayecto en una aventura extrema. Manejar por ahí es una procesión involuntaria, con el corazón en la boca y pidiéndole a la Virgen que los frenos nunca vayan a fallar.

A finales de ese año, en uno de mis recorridos, encontré "el lugar". Un alto perfecto desde donde se alcanzaba a ver el pueblo a lo lejos. Supe de inmediato que era el sitio ideal para armar una cabaña. Ya me imaginaba la escena, perfectamente cinematográfica: despertando por la mañana, arropado con una manta, viendo el sol salir entre las montañas mientras me tomaba un buen café caliente.

El secreto mejor guardado

Decidido a armar mi rincón de paz, mandé a averiguar de quién era el terreno para comprarlo. Pero el destino —o el árbol genealógico— tenía otros planes.

Cuando los intermediarios preguntaron quién estaba interesado y dieron mi nombre, la respuesta que mandaron de vuelta me dejó frío:

“Él no puede comprar lo que ya le pertenece”.

Sin entender absolutamente nada, miré a mi señora madre buscando una explicación. Ella, dándose cuenta del callejón sin salida en el que se metía, terminó confesándome el secreto mejor guardado de la familia: resulta que hay una disputa familiar legal por esos terrenos... y por un chin más.

Así que ahí lo tienen. Mi idílico sueño de la cabaña, el café matutino y la manta de película se ha quedado, por el momento, en eso: un sueño en pausa, mientras "estos" terminan de pelear.

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